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domingo, 4 de octubre de 2015

LIBERTADOS - por Daniel Banyuls


El insigne Lope de Vega decía que "La libertad es tan valiosa como un tesoro, y que nunca existe una prisión buena aunque sus grillos sean de oro". Recordarlo nos ayudará a valorarla.
El pueblo de Israel -sin territorio, ni bandera, ni himno nacional- fue esclavo de Egipto, la gran potencia mundial del momento, durante cuatro siglos. Recibía de ella alimentos pero también látigos, derecho a vivienda en un ghetto pero también explotación. Está claro que la balanza estaba desequilibrada y por eso sigue sorprendiéndome que los líderes del país, una vez libres, a menudo añoraran con peligrosa nostalgia estos ‘beneficios’ de la esclavitud. ¿Sorprendente o más común de lo que esperamos?
El hombre ha venido reclamando -gritando- por su pseudolibertad casi desde que existe porque también la opresión es igual de humana y antigua, y la tiranía despierta rebeldía. En realidad se trata de un sucedáneo de libertad lo que el hombre anhela: los esclavos la soñaban, los políticos la prometen, los adolescentes la exigen. Y como el poeta inglés Henley afirmaba t"odos queremos ser el amo de nuestro destino, el capitán de nuestra alma."
Pero la Biblia presenta nuestra libertad en clave más profunda y espiritual que política y social ya que nuestra atadura principal no es una tiranía humana sino más bien el pecado o la opresión de la potestad de las tinieblas, como explica Pablo en la carta a los Colosenses. Hemos sido libertados de una esclavitud invisible pero implacable: la que ejercía el enemigo sobre nuestras vidas desde que tenemos memoria hasta que conocimos a Jesús y decidimos seguirle. En términos teológicos el Nuevo Testamento presenta este acto de liberación como el de un rescate para una nueva esclavitud. Me explico.
Estábamos secuestrados por el enemigo y nada ni nadie podía liberarnos de él, ninguno de nuestros esfuerzos o trabajos, ni religión ni actos bondadosos. A través de la fe y la muerte de Jesús, quien presentó su sangre como moneda de pago de rescate, el Padre nos libró de ese dominio, nos sacó del mercado de esclavos y luego -trasladados a Su reino- nos ofreció la libertad que ahora disfrutamos. Simplemente impresionante.
La cosa es qué hacemos ahora con esa libertad. ¿La entendemos y la agradecemos diariamente deseando cumplir Su voluntad? ¿La utilizamos como un derecho que creemos nuestro? ¿Nos aprovechamos de ella para corintinear, como amos o capitanes incoherentes? Creo que nos toca recordar que la verdadera libertad en Jesús es intrínsecamente una esclavitud, voluntaria, pero esclavitud. Los Apóstoles al escribir sus cartas se presentaban como siervos (esclavos) de Jesucristo y Él se presenta como propietario de nuestras vidas -“por precio fuisteis comprados”- y por tanto es a Jesús a quien tras el nuevo nacimiento le debemos nuestra obediencia y a quien entregamos nuestros derechos y prerrogativas, por quien renunciamos a nuestra independencia y nuestra supuesta libertad. Después de todo, seguirle, implica antes negarse a uno mismo y tomar una cruz. Pero es una esclavitud llena de ventajas y bendiciones: en ella Jesús nos considera sus amigos, sus hijos adoptados, hasta herederos con Él…
¿Alguna vez hemos invitado a alguien a que sea esclavo de Jesús? Cierto que suena políticamente incorrecto y quizás pensemos que podríamos asustarle pero el mensaje del Evangelio implica con toda claridad y coherencia el señorío de Cristo sobre la vida del convertido en nueva criatura. Si no entendemos esto, autoengañados por una falsa libertad, pronto volveremos a añorar las tristes cebollas de Egipto.
Daniel Banyuls

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