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sábado, 14 de febrero de 2015

Puertas que son batallas, batallas que otorgan llaves que abren puertas.


Puertas...
Lo incierto es que nunca se sabe si volverás a tropezar con la misma piedra y en la misma puerta, pero clamo al cielo porque no sea así.

Algunas puertas ya sólo sirven para desahogarse y jurarse a una misma que no te permitirás jamás repetir una historia como esa. 
Que tu "NO lo veo" es legítimo a la altura de donde estés, que debo tener el coraje suficiente como para parar un tren si hace falta y que para seguir viviendo siempre es vital no dejarse morir. Siempre es preferible llorar unos días a toda una vida. 

Eso hice. Lloré. Pero, en realidad, esta vez no por mí.  Lloré por todas las que vivieron, viven y vivirán algo similar, poniéndome en la brecha, por las olvidadas, las que fueron menos importantes que el ministerio, las invisibles, las acabadas, las inseguras, las "maltratadas" por hombres buenos y circunstancias malas, por las que perdieron su fe en el camino y su esperanza en la batalla, por las que hicieron trampas desesperadamente, por las que no lo hicieron bien y punto, por las que se volvieron locas aun teniendo razón, por las que amaron hasta romperse por fuera y deshacerse por dentro... Me puse en la brecha  por todas las que creemos que después de algo así ningún hombre podrá vernos como la primera vez, o como ninguna.

Lloré, intercedí, peleé tan sólo levantando mi pequeña esperanza como si fuera una bengala, mi pancarta de palo corto por el desgaste de los años, con mi anhelo envejecido por aquellas que no tienen más sueños, con el incontrolado deseo de que, al menos, alguna sea socorrida en su silencio, y hayan hombres que rediman y un Dios que restaure vidas.
Y después, me di cuenta de que después de 23 años y alguno más, no había podido pararme frente a aquella puerta y enfrentarla cara a cara. Frente a ella... Sí, mirándola bien, resultaba algo así como cruzar el pasillo de monstruos en esta patente oscuridad...  Aun cerrada aparentaba ser tan terrible como quizás no imaginaba que lo sería abierta.... Daba la impresión de que te succionaría irreversiblemente hacia una garganta profunda.
Y no me importaba mi cara de limón al mostrar mi llanto, o si al pasar la gente no estuviera preciosa. Yo viví mi luto y mi desdicha en aquella hora, no en la tierra, sino con los pies en la tierra del Trono. Aun no sé si hallé gracia, ni oportuno Socorro, y es que, "hay misterios que no le ha sido revelado al hombre", y disculpen mi pequeña ironía... pero es que nunca acabo enterándome de nada. 

Sumergida en mi momento, y en nombre de todos los momentos de cada mujer, reviví ese instante en mi cabeza lleno de preguntas en bajito, de lágrimas absorbidas como una aspiradora, de miradas terroríficas y un futuro como allí mismo vislumbré.
Fue tan terrible como lo vi... Fue tan insufrible como lo visioné. Y comencé aquel camino con mi fe en Dios similar a un mutante grano insuficiente como para no mover nada... Llena de temor, y con un simple consejo, creí que en el largo camino cambiarían las cosas; pero qué sabe una niña de cosas de mayores....  
Ya está. Ya pasó, todo va a ir bien. Y al menos eso mismo intenté...


La cara de susto la dejé ahí, con mi velo simuladamente ondeando al viento, sentada en aquel escalón durante aquella hora, llorando como Mardoqueo, como Esdras, como tantos... a la puerta... pensando tan sólo en cómo hubiera sido mi vida y mi suerte de haberme sentado en aquel escalón aquel día y no ahora.... 
Me quedé valorando mis días, mi falta de valentía, mi inmadurez y mis sueños bajo aquella piel de niña que se vistió de princesa aquella tarde.
Luchando por borrar mi actual etiqueta de "insolvente" en esto del amor y en tantas otras cosas... sabiendo que si hay una próxima vez, desde luego, lo viviría bien distinto, entraría maquillada, peinada y luciendo mi más genuina sonrisa, segura de mi misma,  porque esta vez, SÍ, querría entrar por la puerta del acierto.  

Allí, sentada a la puerta, se afligió mi espíritu y rasgué mis vestiduras, puse ceniza en mi cabeza, y me vestí de cilicio. Allí, me atreví a importunar Su descanso y provoqué Su desvelo. Seguro que me vio, patética o desafiante, no lo sé, pero puesta en la brecha por todas ellas, y también por ellos y por sus hijos.
Seguro que me vio, porque El Roi sigue siendo el Dios que me ve. 

Lloré, por todas aunque no estuvieran en la lista, y como si se hubiera abierto la puerta, eché un vistazo adentro y ya no me pudo el temor, ni la desesperanza. Dejé mi protesta escrita en lágrimas y mi petición al Cielo avalada por dos décadas, y descargada de aquella pena, se cerró y me fui.

Supongo que de aquello se trataba... De afrontar, de afrentar, de vencer y de marchar. 
Puertas que son batallas, batallas que otorgan llaves que abren puertas, victorias que las cierras y te liberan..... Asunto zanjado.

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